De peque…

 

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De pequeña, me enseñaron a medir la distancia de las tormentas eléctricas.

Cuando los relámpagos inundaban el salón, mi madre se asustaba, apagaba todos los aparatos de la casa que dependían de la electricidad. Encendía linternas y velas que repartía por toda la casa. Y allí, en la sosegada atmosfera que la tormenta generaba por obligación, nos dedicabamos a cualquier cosa para entretenernos mientras la tormenta se alejaba: mi madre cosía mientras nosotras hacíamos los deberes, o se sentaba a fumar un cigarro mientras los truenos y relámpagos marcaban el desarrallo de la tarde. Esas tardes me gustaban, no por la sensación de encontrarnos aislados de cualquier cosa en ese momento. Me gustaban porque algo tan incontrolable como una tormenta eléctrica conseguía sentarnos en torno a un mismo miedo. 

Y durante esas tardes, aprendí a medir la distancia que separaba una tormenta del punto donde me encontraba.

El sonido y la luz se mueven por la atmósfera con distintas velocidades. Eso lo aprendí cuando aún me sentaba a aprender a hacer raíces cuadradas. Mi padre me enseñó que si contaba los segundos que separaban el relámpago del trueno, los agrupaba en grupos de tres y cada grupo contaba como un kilómetro, tendría la distancia a la que se encontraba la tormenta. Pasaba esas tardes calculando el avance o su huida. Me pegaba al cristal, mis gafas golpeaban el cristal del salón y no me daba miedo ver como el relámpago cruzaba de una nube a otra. Mis dedos eran veloces, mi mente dividía y sumaba segundos. La tormenta nunca se quedaba toda la noche. 

Y la luz y el sonido ya no me daban miedo.